De ingeniera informática a asesora laboral para los venezolanos en Colombia.

De 1,70 de estatura, cabello largo, piel morena y una actitud arrolladora, María Alejandra Pérez es una venezolana de 33 años de edad proveniente de Duaca, una localidad venezolana, perteneciente al estado Lara, ubicada en el municipio Crespo, al norte de Barquisimeto.
Estudió ingeniería informática en Barquisimeto graduándose en el año 2008, mismo año en el que empezó a forjar su futuro como profesional. Rápidamente logró posicionarse en la empresa donde trabajaba ocupando importantes puestos.
“Poco a poco empecé a independizarme hasta tal punto que decidí irme a vivir con mi novio. Con el tiempo pensamos en construir un hogar, pero mientras esos pensamientos pasaban, llegó la crisis y lo peor, mi madre era diagnosticada con cáncer”, recuerda María Alejandra.
Hacía el 2017 la madre de María Alejandra había sido diagnosticada con cáncer y las medicinas empezaban a escasear.
Antes de abandonar Venezuela, la joven venezolana empezó a luchar contra la enfermedad de su mamá y poco a poco fue consiguiendo el dinero para dar inicio a las quimioterapias contra el cáncer. Con la inteligencia que la caracteriza y la ayuda de un par de amigos, logró reunir el dinero para el tratamiento y así su madre se curó.
“Con la ayuda de mucha gente, incluyendo algunos venezolanos que ya habían migrado, pude pagar la cirugía de mi madre, que fue toda una odisea porque ya, para esa fecha, las clínicas estaban cerrando y los medicamentos empezaban a escasear. Ahí fue entonces donde tuve mi primer contacto solidario con Colombia, me conecté en la liga contra el cáncer en Colombia y pude comprar los medicamentos que el seguro social no me daba”, relató la joven venezolana.
El dinero se agotó y todos sus ahorros quedaron en el tratamiento de su madre. Esta situación fue la que hizo que un 24 de octubre de 2017, María pisara tierra caleña con una maleta empacada de recuerdos, sueños y metas por cumplir. Esperaba poder trabajar en lo que amaba, la informática, pero su mente también estaba preparada para lo que fuera, si había que limpiar baños, lo haría.
A los tres días de haber llegado a Cali empezó a enviar hojas de vida a cuanto portal de empleo encontraba y recorrió toda la Sultana del Valle, de norte a sur y de oriente a occidente, dejando su perfil profesional en busca de un empleo estable.
Fueron cuatro meses duros, pues no resultaba nada, primero; era venezolana y segundo; María Alejandra se enfrentaba a una nueva sigla, el PEP (Permiso Especial de Permanencia). Como pasa con muchos refugiados y migrantes venezolanos, no alcanzó a registrarse, pues para la fecha en la ella llegó la convocatoria había cerrado.
“Ni en una zapatería podía trabajar porque me pedían el PEP, me decían: –para qué te recibo la hoja de vida, ni modos, no se puede – y me quedaba con ella en la mano. Eso me hacía decaer, pero no había de otra, tenía que levantarme y seguir buscando”, cuenta María Alejandra.
Durante esos días duros, empezó a acudir a una parroquia ocupando su tiempo libre en las actividades que desarrollaba el padre con la comunidad, así podía distraerse y soportar la situación por la que estaba atravesando, pues se encontraba sin trabajo, lejos de su familia, sin las comodidades de antes, en un país extranjero y viviendo de la solidaridad de las personas.
Pero, en una de esas actividades parroquiales, fue donde conoció a una persona que le tendería la mano y, no sólo eso, la razón que la convirtió en una de las mejores asesoras laborales, profesión de la que no tenía ni un solo conocimiento, pero que poco a poco iría instruyéndose.
María Alejandra, empezó a indagar por su cuenta los trámites, la documentación, la normatividad y toda la ruta legal de contratación para extranjeros en Colombia.
“Era mi primer trabajo y estaba ansiosa. Fue gracias a ese trabajo que empecé a investigar y a capacitarme en el tema. Incluso, ahora oriento a las empresas y sobre todo a mis compatriotas, sobre el tema de contratación laboral”, narra la joven.
A la fecha María Alejandra ha pasado por dos empleos, y aunque ha tenido que enfrentar otras situaciones adversas, no se ha dejado vencer. A través de la venta de postres y de préstamos, logró sacar su visa laboral y por ahora respira tranquila.
Se encuentra en la mayoría redes sociales y dedica gran parte de su tiempo a resolver las dudas que muchos refugiados y migrantes venezolanos dejan en la web. Al día responde más de 20 mensajes diarios y logra ayudar a muchos, que, como ella, llegan desorientados a un país desconocido. Es una mujer emprendedora y solidaria.

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