“¡Las mujeres venezolanas somos fuertes, emprendedoras y unas berracas!”

La decisión de salir del país no ha sido fácil para muchos migrantes y refugiados venezolanos. Todos ellos han dejado su familia, sus amigos, su trabajo y toda una vida que ya estaba forjada.
Dentro de los más de 1 millón de refugiados y migrantes venezolanos que han atravesado la frontera, un gran número corresponde a profesionales que han tenido que dejar atrás años de estudio, preparación y experiencia para venir a otro país a ejercer otro oficio diferente al que aparece en el cartón de grado.
Este es el caso de Maryori Vanessa Ojeda, una ingeniera ambiental de 35 años que llega a Colombia en agosto de 2017, proveniente de Maracaibo, del estado Aragua, Venezuela.
“Yo soy la mayor de tres hermanos. En Venezuela tenía una súper vida y un trabajo estable; en verdad no tenía mayores necesidades”, recuerda Maryori.
Un panorama distinto tuvo que vivir cuando salió. Maryori durmió una semana en el terminal de transportes del Salitre de Bogotá expuesta al frío, al hambre y a noches de insomnio. Nunca había atravesado por circunstancias tan extremas.
“Yo nunca había hecho una locura como esta. No es lo mismo quedarse por fuera de tu casa en tu país, que quedarse por fuera de tu país; esto es totalmente distinto. Aquí no conoces a nadie, estás vulnerable; además de esto uno es mujer, extranjera y sumado a esto de color”, manifestó la joven ingeniera.
Para Maryori y el resto de las mujeres que la acompañaron durante esos siete días, el frío y el hambre no era lo más extraño que experimentarían, pues en varias ocasiones fueron asediadas por propuestas mal intencionadas a cambio de dinero.
El ambiente incómodo que ofrecía la terminal de transportes era propicio para aceptar cualquier ayuda, menos aquellas que se aprovecharan de su condición de vulnerabilidad.
A pesar de las circunstancias y de las experiencias de la terminal de transportes, Maryori tenía un ángel de la guarda a más de mil kilómetros de distancia, que no ha visto nunca, pero que se ha hecho presente a través de su generosidad.
“Yo conocí a esta persona a través de un amigo que se fue para Panamá. Él me paso su contacto y fue así, que desde la primera vez que recurrí a él, nunca me ha negado un favor”, cuenta Maryori.
Gracias a la generosidad de su ángel de la guarda guajiro, como ella misma lo llama, logró salir del terminal y pagar una noche de hotel para retomar fuerzas e idear un nuevo plan para empezar de cero.
Las largas noches en el terminal del Salitre fue sólo el inicio de las situaciones difíciles que ha debido enfrentar. Los rechazos y las vulneraciones a sus derechos han sido el pan de cada día, pues sumado a las agresiones por el hecho de ser mujer que ha enfrentado, su raza le ha traído continuos episodios de discriminación.
“Recuerdo que una ocasión, a unos cuantos días de haber salido de la terminal, una señora de una iglesia cristiana me hospedó en su casa. Ella muy buena por supuesto, el problema vino cuando su hermana me vio e inmediatamente le exigió que me echara de la casa porque allí no podían vivir mujeres negras”, narró Maryori.
Aunque algunas veces por el color de su piel ha sido rechazada, también ha sido su salvavidas: Maryori ha trabajado como extra en algunas producciones de televisión que necesitan personas afro.
En una de esas producciones fue donde conoció a su actual pareja, un joven boyacense diez años menor que ella que, según lo narra Maryori, se ha convertido en su mano derecha gracias al apoyo que le ha brindado desde que se conocieron.
Maroyori acaba de cumplir un año de haber salido de Venezuela y aún conserva sus sueños intactos a pesar de la cantidad de veces que ha sido rechazada y de las miles de propuestas indecentes.
“Nosotras las venezolanas somos fuertes, emprendedoras y unas berracas, que debemos darlo todo hasta el último aliento que nos quede. Trabajar por nosotras y por nuestros hijos”, relata entre lágrimas esta mujer venezolana.
Lleva trece meses sin poder ejercer su profesión, pero espera algún día poder compartir con el país que la ha recibido, y con el cual está tan agradecida a pesar de las adversidades, su conocimiento y experiencia para aportar un granito de arena a la construcción de este territorio.

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