Una carta para ustedes; la historia de cómo una mujer venezolana llegó a Colombia

Hola,
Mi nombre es Jennifer González, del estado Táchira, – sí venezolana -, Gocha como llaman a los que somos de allá, que significa el guerrero, el luchador. Sé que han escuchado muchas historias sobre nosotros los venezolanos, que tal vez ya no quieran saber más sobre nuestra situación. Posiblemente están pensando en el momento en que todo esto termine; pues no eres el único o la única, yo también quiero que todo esto finalice.
Pero mientras eso sucede, conversemos. Quiero que conozcas la razón por la que vine a este hermoso país en busca de nuevas oportunidades para proteger los derechos de mis hijos, pues tengo tres y son, como toda madre describe a sus hijos, la luz de mis ojos y la razón de mi existir.
¿Saben? Estudié arquitectura, pero el amor por los pasteles, las tortas y los postres le ganaron a los lápices, las reglas y el papel. Sí, aunque quería diseñar grandes edificios, resulté creando y mezclando sabores.
Tenía una famosa pastelería en San Cristóbal, allí no sólo creaba galletas, pasteles y tortas, sino que formaba futuros pasteleros. Por más de cuatros años la sala de mi casa fue el aula mater para más de 300 estudiantes que querían aprender el arte de la repostería y, en grupos de 15 estudiantes por sesiones de dos horas, enseñaba.. Tiempo después alquilé un local para seguir la enseñanza.
Todo iba bien, perfecto diría yo, hasta que la situación empezó a tornarse un poco complicada y la vida de mi familia empezó a correr peligro por los enfrentamientos que se presentaban en San Cristóbal. Las ventas y las clases empezaron a decaer y ya no había materia prima con qué hacer una galleta. Bueno, pero eso creo que ya lo saben.
No había de otra, había que irse, buscar opciones de vida, pues ya no tenía ni shampoo para bañarme. Colombia ni siquiera estaba en mi cabeza. Sí, no había pensado ni por un momento en venirme para acá. Así que Panamá fue mi primer destino, allí viajé en 2015.
Logré encontrar trabajo antes de viajar, eso fue una gracia, pues ya iba con algo fijo laboralmente, así que vendí unas cosas de la pastelería para recolectar un poco de dinero y viajé con la mayor de mis hijos, por ese entonces tenía 13 años. A los otros dos, con el dolor invadiendo cada rincón de mi alma, los tuve que dejar a cargo de su padre. Es imposible describir lo que sentí el momento en el que abordé el avión, nadie quiere separarse de su familia, nadie quiere sufrir, pero si quería ofrecerles algo mejor, había que hacerlo.
No fue mucho lo que pude soportar en Panamá, a los tres meses entré en un cuadro de depresión grande, no comía, lloraba todo el tiempo. Ya no soportaba estar lejos de mi familia.
A los seis meses decidí regresar, pero me encontré con una situación aún peor. Mi esposo se había ido de casa con mis hijos y me había dejado. Nunca entendí por qué, la realidad era que de la vida que había dejado no quedaba nada.
Ahora lo puedo contar más tranquilamente, pero fue realmente duro, pues a la lucha por sobrevivir, se sumaba la de recuperar a mis hijos y organizar una nueva salida.
Aunque fueron cuatro meses de batalla por recuperarlos, finalmente el 14 de julio de 2016, dejé definitivamente Venezuela y, con cinco maletas, mis hijos y la ganas por protegerlos, atravesé el puente Simón Bolívar, pero con el corazón arrugado, porque mi hija mayor decidió quedarse con su abuela, nada podía ser completo.
Pero, en fin, una vez en tierra colombiana, la única opción que tenía era la terminal de transportes, tomé un bus y viajamos los tres hasta Bogotá. Recuerdo que fue un viaje largo y extenuante, no dormí de sólo pensar en lo que haría, en cómo le daría de comer a mis hijos y en cómo salir adelante en un país desconocido.
El frío capitalino nos recibió a las seis de la mañana, comimos y nos bañamos en los baños públicos de la terminal de transportes. Ahora, a empezar de nuevo.
Para resumir un poco, les puedo decir que poco a poco, y con la ayuda de muchos colombianos he podido salir adelante, y aunque llegué sin un solo mueble, cobija o colchón, en estos dos años he logrado conseguir algunas cosas para brindar lo mejor a mis hijos.
Afortunadamente, mi hija mayor ya está conmigo, logré convencerla de que viniera a vivir con nosotros. No ha sido fácil, pero los sueños siguen ahí y con la familia junta todo es más fácil.

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